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Descrição gerada automaticamente

Universidade Federal de Santa Maria

Voluntas, Santa Maria, v. 16, n. 2, e92063, 2025

DOI: 10.5902/2179378692063

ISSN 2179-3786

Submissão: 16/05/2025 Aprovação: 26/06/2025 Publicação: 03/09/2025

1 INTRODUCCIÓN.. 2

CONSIDERACIONES FINALES. 21

AGRADECIMIENTOS. 22

REFERENCIAS. 22

 

Monográfico Afetividade

Lo descriptivo y lo normativo: oscilaciones al interior de la Psicología moral a la luz del modelo intuicionista social

The descriptive and the normative: oscillations within moral psychology in light of the social intuitionist model

 

 

Joaquín Suárez-Ruíz Ícone

Descrição gerada automaticamente,

 

I Universidad Nacional de La Plata, La Plata, Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina

RESUMO

El psicólogo social Jonathan Haidt, fundándose en las nuevas investigaciones en diversas disciplinas como la Psicología experimental, la Neurociencia y la Primatología, fundamentó un modelo de la formación de los juicios morales a nivel psicológico que contrasta con enfoques racionalistas, más tradicionales, denominado ‘intuicionismo social’. Dicho modelo sostiene que los juicios morales a nivel psicológico son causados, en general, por intuiciones condicionadas por procesos emocionales, no por el razonamiento moral. Con el intuicionismo social, Haidt tendió un puente entre discusiones que son propias del ámbito de la Psicología moral científica y aquellas que son propias de la Ética normativa filosófica. En este artículo ahondaré en las oscilaciones entre lo descriptivo y lo normativo supuestas por el psicólogo social en su argumentación y expondré por qué, a la luz del intuicionismo social, esta vinculación disciplinaria es crucial tanto para la Psicología moral como para la Ética filosófica actual.

Palavras-chave: Ética naturalista; Psicología moral; Normatividad; Intuicionismo social

 

ABSTRACT

Based on emerging research in diverse disciplines such as experimental psychology, neuroscience, and primatology, social psychologist Jonathan Haidt developed a model of psychological moral judgment formation that contrasts with more traditional rationalist approaches, known as "social intuitionism." This model argues that psychological moral judgments are generally caused by intuitions conditioned by emotional processes, not by moral reasoning. With social intuitionism, Haidt bridged the gap between discussions specific to scientific moral psychology and those specific to philosophical normative ethics. In this article, I will explore the oscillations between the descriptive and the normative assumed by the social psychologist in his arguments and explain why, in light of social intuitionism, this disciplinary connection is crucial for both contemporary moral psychology and philosophical ethics.

Keywords: Naturalistic ethics; Moral psychology; Normativity; Social intuitionism

1 INTRODUCCIÓN

La Psicología moral contemporánea, en cuanto disciplina científicamente informada, actualmente se encuentra en proceso de revisión de sus fundamentos. Desde finales del siglo pasado, la profundización en estudios sobre la ‘racionalidad limitada’, el ‘razonamiento motivado’ o la influencia de los diferentes ‘sesgos cognitivos’, implicó una problematización de modelos teóricos que suponen agentes morales estrictamente racionales. En esta sintonía revisionista, el psicólogo Jonathan Haidt, en un artículo de 2013, planteaba los tres puntos principales de “la psicología moral del siglo XXI”:

 

(1) Las intuiciones son lo primero y el razonamiento estratégico lo segundo.

(2) La moral no se relaciona sólo con cuestiones de ‘daño’ y ‘justicia’.

(3) La moralidad ata y ciega (binds and blinds)[1].

 

Doce años antes, Haidt, fundándose en las nuevas investigaciones en disciplinas como la Psicología experimental, la Neurociencia y la Primatología, ya había presentado un modelo de la formación de los juicios morales a nivel psicológico que contrastaba con enfoques más tradicionales. Su trabajo “The Emotional Dog and Its Rational Tail: A Social Intuitionist Approach to Moral Judgment” (2001) sentó las bases del influyente ‘modelo intuicionista social’. Dicho modelo sostiene que los juicios morales a nivel psicológico son causados, en general, por intuiciones condicionadas por procesos emocionales, no por el razonamiento moral. Por plantearlo en términos metafóricos, Haidt “metió el dedo en la llaga” de uno de los supuestos más básicos de la Ética normativa filosófica tradicional, a saber, el de que las personas llegan a sus juicios morales, en general, a través de un razonamiento realizado en privado. Al mismo tiempo, con su fundación del intuicionismo social y su crítica al modelo racionalista, Haidt tendió un puente entre discusiones del ámbito de la Psicología moral científica y de la Ética normativa filosófica.

Ahora bien, aunque el psicólogo social plantee un debate doble, es decir, discute tanto con la tradición psicológica racionalista como también con la tradición filosófica racionalista, es muy cauto en general respecto de cómo y cuándo pasar del ámbito descriptivo al ámbito normativo. En varias ocasiones, de hecho, señala que su modelo intuicionista social se mantiene únicamente en el ámbito descriptivo (p. ej., 2001: 815). Ahora bien, según argumentaré en este artículo, son varios los puntos de conexión o, más bien, de oscilación que posee la propuesta intuicionista social de Haidt para con el ámbito normativo, el cual es comúnmente asociado exclusivamente para con el análisis ético filosófico. Antes de ir a este punto, no obstante, en los primeros dos apartados analizaré, en primer lugar, la discusión doble de Haidt para con la tradición en Psicología moral y en Ética filosófica y, en segundo lugar, la fundamentación empírica del intuicionismo social. En el tercer apartado señalaré tres puntos de oscilación entre lo descriptivo y lo normativo de los desarrollos de Haidt a la luz de su concepción bottom-up del aprendizaje moral y, hacia el final, argumentaré sobre cómo este tipo de porosidad disciplinaria podría resultar enriquecedora tanto para la Ética como para la Psicología moral contemporánea.

 

1.      Influencia racionalista en la Psicología moral (y en la Ética filosófica)

 

En el artículo fundacional del modelo intuicionista social, Haidt presenta dos líneas teóricas de dos disciplinas diferentes como contrincantes. Por un lado, los ‘modelos racionalistas’ en el ámbito de la Psicología moral. Por otro lado, el ‘culto a la razón’ en Ética filosófica[2]. Respecto de este último, Haidt nos dice:

El Timeo de Platón (400 A-C) presenta un simpático mito en el que los dioses lo primero que crearon fueron las cabezas humanas, con el contenido divino de la razón, y luego se vieron obligados a crear cuerpos agitados y emocionales que ayuden a las cabezas a moverse por el mundo. El drama de la vida moral humana fue la lucha de las cabezas por controlar los cuerpos, canalizando sus pasiones hacia fines virtuosos. Los filósofos estoicos tuvieron una visión más matizada de las emociones, considerándolas como errores conceptuales que nos aprisionan al mundo material y, por lo tanto, a una vida de miseria (…). De manera similar, los filósofos cristianos medievales denigraban las emociones por su vínculo con el deseo y, por lo tanto, con el pecado. Los racionalistas continentales del siglo XVII (Leibniz o Descartes, por ejemplo) adoraban a la razón como lo había hecho Platón, con la esperanza de moldear toda la filosofía a partir del método deductivo que había sido desarrollado por Euclides. (2001: 815)

El psicólogo ve en esta tradición filosófica, focalizada en una racionalidad capaz de dominar las emociones, una continuidad que va desde los textos platónicos hasta, por lo menos, la modernidad filosófica[3]. Desde aquellos tiempos se iría forjando y afianzando una idea de las ‘emociones’ como impulsos irracionales que podían y debían ser sosegados mediante la injerencia del razonamiento.

Siguiendo la interpretación de Haidt, hay en lo anterior un punto particularmente importante para nuestro desarrollo de aquí en más, y es que a la idea de una ‘razón’ en constante búsqueda de control de las ‘emociones’ subyace no sólo una descripción de cómo es el vínculo razón/emoción, sino también, de manera más o menos velada, una prescripción de cómo debería ser. Esto es, aunque no siempre sea explícita, la noción de una racionalidad controladora de las emociones suele fungir en la tradición filosófica racionalista, la del ‘culto a la razón’, como un ideal hacia el cual es deseable tender. Sería, justamente, sobre la base de esta imagen de una razón dominatriz que emergerían éticas filosóficas normativas como, según Haidt (2001: 816), la de Immanuel Kant.

Respecto de los ‘modelos racionalistas’ en Psicología moral, Haidt pone su foco crítico, ante todo, en la ‘teoría de los fundamentos morales’ de Lawrence Kohlberg (1969, 1971). Kohlberg, Influido por, y a la vez discutiendo con, la teoría del desarrollo del psicólogo francés, Jean Piaget, forjó una teorización sobre las diversas etapas que atraviesa un individuo desde la infancia hasta la adultez, signadas por un proceso que va desde un nivel menor de moralidad a uno mayor. En su teoría, un mayor nivel de desarrollo moral es equivalente a un mayor nivel de razonamiento moral[4]. Siguiendo la síntesis de Vozzola y Senland (2022: 30), las seis etapas que constituyen la teoría del desarrollo moral kohlberguiano son:

 

  1. Moral de la obediencia y el castigo: “haz lo que te dicen”.
  2. Moral del egoísmo instrumental y el intercambio simple: “hagamos un trato”.
  3. Moral de la concordancia interpersonal (aprobación de los demás) y de los estereotipos de virtud: “sé considerado y amable”.
  4. Moral de la ley y el deber para con el orden social: todos en la sociedad estamos obligados y protegidos por la ley.
  5. Moral de los procedimientos de creación de consenso: estamos obligados por acuerdos consensuados mediante debidas garantías procesales.
  6. Moral de la cooperación social no arbitraria: la moral se define por cómo las personas racionales e imparciales organizarían idealmente la cooperación.

 

En el desenvolvimiento ontogenético de Kohlberg, la comprensión de la moral como algo universal e imparcial representa la cima del proceso. Según Haidt, y en clave de lo mencionado más arriba, si bien sus estudios se realizaron en el marco de una ciencia, la Psicología, con el propósito de describir las características del desarrollo moral, Kohlberg supone, de manera subyacente, un ideal normativo[5]. Es decir, no sólo describe el desarrollo ontogenético de la moralidad en un individuo, sino que la noción de generalidad e imparcialidad en el estadio de mayor jerarquía representa una norma hacia la cual debería aspirar un ser humano que se quiera plenamente desarrollado en un sentido moral[6]. Este influjo normativo velado también bebe del ‘culto a la razón’, aquel que comenzó con la tradición racionalista filosófica y se trasladó hacia las ciencias[7], en este caso la Psicología moral contemporánea[8]. En palabras del psicólogo:

El racionalismo es aún el que manda, y parece existir un consenso respecto de que la moral vive dentro de la mente individual como un logro cognitivo semejante a un rasgo, es decir, un conjunto de estructuras cognitivas sobre estándares morales que son creados por los niños en el curso de su razonamiento cotidiano. (Haidt, 2001: 816)

Aunque el mando del racionalismo en Psicología moral sigue vigente, desde 2001 hasta el presente ha ido menguando ante el surgimiento de propuestas alternativas. Un factor importante para que eso haya sucedido fueron, justamente, desarrollos como los de Haidt, pero también otros sobre los que el psicólogo fundamenta sus investigaciones. Hablamos de, por ejemplo, los del neurocientífico Antonio Damasio (p. ej., 1996) o los del primatólogo Frans de Waal (p. ej., 1996).

Resulta propicio en este punto resaltar una distinción entre la pesquisa psicológica de Kohlberg y la de Haidt: mientras que el primero se centra en el desarrollo ontogenético de la moral, el segundo se focaliza en la formación del juicio moral. Podría decirse que, para Haidt, el estudio de cómo se forman los juicios morales a nivel psicológico precisa realizarse previamente al estudio del desarrollo moral, ya que, de no ahondarse en las características de dicha formación cotejando la evidencia disponible, se corre el riesgo de acarrear supuestos teóricos problemáticos en dos sentidos: en primer lugar, podrían estar incluyéndose conocimientos poco vigentes a nivel empírico al interior del análisis del desarrollo moral; en segundo lugar, como dijimos más arriba, podría introducirse una carga normativa velada tras una supuesta descripción psicológica. Según Haidt, el modelo de formación de juicios morales en el que Kohlberg enmarca su estudio del desarrollo es un ‘modelo racionalista’, a saber, uno que da por supuesto que la causalidad de los juicios morales está determinada por el razonamiento moral.

En contraposición a la tradición filosófica del ‘culto a la razón’ en general y de los ‘modelos racionalistas’ en Psicología moral en particular, Haidt enaltece una tradición paralela, también proveniente de la filosofía, que comenzó a discutir y proponer puntos de vista alternativos al racionalismo, argumentando sobre la existencia de “un sentido moral incorporado, el cual crea sentimientos placenteros de aprobación hacia actos benevolentes, así como también sentimientos de desaprobación hacia el mal y el vicio” (2001: 816). Dicha discusión proviene de una escuela que sentó sus bases ante todo en la Gran Bretaña del siglo XVIII, representada por pensadores como Anthony Cooper (Conde de Shaftesbury), Francis Hutcheson y, en especial, David Hume[9].

En una de sus referencias más directas, Haidt pretende seguir a Hume cuando argumenta que, en la mayoría de los casos, los ‘juicios morales’ son análogos a los ‘juicios estéticos’: no parten de un análisis racional de las características de cada situación particular, sino que surgen de sentimientos que luego son justificados racionalmente (Haidt, 2001: 816). Aún más, poco después de ello retoma y se apropia de una de las frases más famosas (y polémicas) del filósofo escocés: “la razón es esclava de las emociones” (Hume, 1969 [1739-1740]: 462; Haidt, 2001: 816). En clave de lo mencionado más arriba, según esta apropiación del enfoque humeano por parte del psicólogo norteamericano, el razonamiento no se presenta ya como la causa del juicio moral, sino, más bien, como una consecuencia de procesamientos intuitivos previos[10]. De esta manera, según veremos, el modelo de Haidt se diferencia del enfoque tradicional de los juicios morales como surgidos del razonamiento privado y vuelve la atención sobre el aspecto público e intuitivo del fenómeno. Una metáfora utilizada por él es que, más que un juez o un científico buscando la verdad, la ‘razón’ es un abogado que defiende a su cliente: las emociones (Haidt, 2001: 820).

 

2.      Fundamento experimental del modelo intuicionista social

 

La idea de juicios cimentados en procesamientos intuitivos (no conscientes) y no tanto en razonamientos se vincula estrechamente con estudios en Psicología social sobre el ‘razonamiento motivado’. Siguiendo a Ziva Kunda, una de las psicólogas sociales que más ha trabajado el fenómeno y que, de hecho, es una de las referencias principales de Haidt (2001: 821), se comprende que:

(…) la motivación puede afectar el razonamiento a través de la dependencia de un conjunto sesgado de procesos cognitivos, es decir, estrategias para acceder, construir y evaluar creencias. La motivación que tiene como fin ser preciso mejora el uso de aquellas creencias y estrategias que se consideran más apropiadas, mientras que la motivación para llegar a conclusiones particulares mejora el uso de aquellas que se consideran poseerán mayor probabilidad de producir la conclusión deseada. Existe evidencia considerable de que es más probable que las personas estén motivadas hacia las conclusiones a las que desean llegar, pero su capacidad para hacerlo está limitada por su capacidad para construir justificaciones aparentemente razonables para esas conclusiones. (1990: 480)

En otras palabras, el ‘razonamiento motivado’ se divide en dos categorías motivacionales: (1) aquella en la que el motivo es llegar a una ‘conclusión precisa’ (podríamos decir ‘objetiva’, imparcial) y (2) aquella en la cual el motivo es llegar a una ‘conclusión direccionada’ (cuando la persona pretende de antemano llegar a una conclusión particular). Numerosa evidencia proveniente tanto de estudios de Kunda como de otros investigadores indica que, en la mayoría de los casos, la motivación del razonamiento de las personas no es llegar a una conclusión ‘objetiva’, sino a una ‘direccionada’, esto es, a una que sea coherente con creencias previas.

En relación con el ‘razonamiento motivado’ hay otros dos puntos importantes, ambos relacionados con las limitaciones de las ‘justificaciones razonables’ de las que habla Kunda. En primer lugar, acordando con las conclusiones de Petty y Cacioppo (1986), Kunda sostiene que las personas tenderán “a creer lo que quieren creer sólo en la medida en que la razón lo permita. A menudo se verán obligados a reconocer y aceptar conclusiones indeseables, como cuando se enfrentan a argumentos sólidos a favor de posiciones no deseadas o contrarias a sus actitudes” (1990: 483). Sin embargo, según veremos a continuación, suele suceder que incluso cuando no se encuentran justificaciones plausibles, los juicios se mantienen. En otros términos, frente a una disonancia cognitiva en la cual el razonamiento esté más fuertemente motivado por la búsqueda de coherencia para con creencias previas que por la búsqueda de una conclusión precisa y detenidamente razonada, será la primera la que, en la mayoría de los casos, vencerá.

En segundo lugar, un nivel alto de procesamiento cognitivo (un individuo con un IQ alto, por ejemplo) no necesariamente se correlacionará con una visión crítica más aguda y consciente de una conclusión precisa u “objetiva” de cierto conflicto moral. Por el contrario, es probable que suceda que dicha capacidad alta de procesamiento quede al servicio de un ‘razonamiento motivado’ de conclusiones direccionadas, coherentes con sus convicciones previas, que podrán ser justificadas de formas más sutiles, elocuentes y sofisticadas. En otras palabras, individuos con un nivel de procesamiento cognitivo alto pueden ser aún mejores en la justificación de ciertos prejuicios y, paralelamente, más reacios a desandar las conclusiones direccionadas favorecidas por sus sesgos cognitivos (el ‘sesgo de confirmación’, por ejemplo), que individuos con procesamientos cognitivos más bajos.

Otro ejemplo empíricamente fundado del rol del razonamiento como justificador de intuiciones/emociones se encuentra en el sesgo cognitivo denominado ‘sesgo de mi lado’ (myside bias), que consiste en que una vez que un juicio fue causado intuitivamente, todo tipo de anécdota o evidencia que considere como relevante esa persona tendrá como fin exclusivo la fundamentación de la perspectiva preferida (Perkins, 1989; Perkins, Farady y Bushey, 1991; Baron, 1995). Es decir, a partir del momento en que surge el juicio intuitivo, el objetivo de la razón no será, en general, hallar la conclusión más precisa, sino sólo los argumentos que sean coherentes con el juicio intuitivo ya dado. Resuena aquí el ‘razonamiento motivado’ del que habla Kunda. El ‘sesgo de mi lado’ podría interpretarse, de hecho, como un caso específico de razonamiento motivado del segundo tipo, a saber, guiado por ‘conclusiones direccionadas’. A su vez, no está de más señalar que aunque hay un parecido estrecho con el ‘sesgo de confirmación’, Hugo Mercier (2017: 99), por ejemplo, distingue entre una tendencia general a confirmar lo que se piensa -el sesgo de confirmación-[11] y una tendencia general a pensar en razones por las que las intuiciones que ya se poseen son las correctas –‘sesgo de mi lado’.

Vayamos ahora a los estudios realizados por el fundador del intuicionismo social. Haidt y su equipo (Haidt, Koller y Dias, 1993), con el fin de estudiar de primera mano la hipótesis del ‘razonamiento motivado’ aplicándola al dominio específico de la psicología moral, realizaron ‘entrevistas morales’ fundadas en experiencias que podían resultar desagradables e incluso inmorales para algunas personas pero que, no obstante, eran inofensivas, es decir, nadie salía perjudicado. El hecho de por qué Haidt y equipo llegaron a considerar esas entrevistas como relevantes posee otro trasfondo histórico que resulta pertinente desarrollar brevemente.

En los años 80s hubo un debate entre los psicólogos estadounidenses Elliot Turiel, de la Universidad de California, y Richard Schweder (también antropólogo cultural), de la Universidad de Chicago. Mientras que Turiel (1983), en sintonía con la propuesta de Kohlberg, afirmaba un universalismo según el cual la moral se limitaba a cuestiones de daño, derechos y justicia, Schweder sostenía que los dominios morales variaban dependiendo de la cultura (Shweder, Mahapatra y Miller, 1987). Uno de los fundamentos más importantes a partir del cual Schweder y equipo defendían su postura fueron una serie de estudios en la ciudad india de Orissa. Allí hallaron que la moral incluía convenciones sociales que iban más allá del daño, derechos y justicia, como por ejemplo códigos de vestimenta, de alimentación o de comportamiento en ciertos lugares. Turiel y equipo, insatisfechos con lo que Schweder interpretaba, sostuvieron que por detrás de esas convenciones seguía funcionando la interpretación de que se había realizado un daño (Turiel, Killen y Helwig, 1987). 

Con el fin de testear cuál era la interpretación más plausible de casos como el de Orissa, Haidt y equipo realizaron las entrevistas mencionadas. En ellas, estudiaron lo que dieron en llamar ‘violaciones inofensivas de tabúes’ (Haidt, Koller y Dias, 1993). El objetivo general era confeccionar un conjunto de historias que provoquen una reacción afectiva inmediata en los entrevistados, pero que, tras reflexionar sobre dichas reacciones, sean vistas como inofensivas y ajenas a cuestiones de daño, derechos o justicia (Haidt y Bjorklund, 2008: 14). Uno de los escenarios hipotéticos más utilizados era la “historia de los hermanos”. Esta presenta una situación en la que dos hermanos, Julia y Marcos (Julie & Mark), se encuentran en un viaje de vacaciones en Francia. Dado que les parece interesante y divertido, ambos deciden tener relaciones sexuales. Para ello contemplan las precauciones necesarias, Julia toma una píldora anticonceptiva y Marcos usa profiláctico. Disfrutan de ese momento, el cual los hace sentirse aún más unidos el uno al otro, pero deciden no volver a hacerlo y guardan el secreto.

En las ‘entrevistas morales’ del equipo de Haidt, la pregunta que seguía al relato era “¿Acaso estuvo bien que ellos hicieran el amor?”. Según sus investigaciones, una gran porción de las personas entrevistadas tendió a considerar el hecho como moralmente incorrecto, pero, a la hora de proponerles que justifiquen el porqué, ofrecían argumentos vagos que convergían en un juicio moral arbitrario, sin un razonamiento consistente que lo fundamentara, del tipo “no sé, no lo puede explicar, simplemente sé que está mal”[12] (Haidt, 2001: 814). Esto es, aunque reían con incomodidad y se mostraban sorprendidos ante su incapacidad de encontrar razones plausibles para sostener el juicio moral expresado, aun así no estaban dispuestos a modificarlo. Otros tipos de entrevistas relacionados, perturbadores pero inofensivos, eran el de una familia que se come a su perro después de que un coche lo haya atropellado y matado, el de una mujer que corta una vieja bandera estadounidense para hacer trapos y limpiar su baño, o el de un hombre que utiliza una carcasa de pollo para masturbarse, luego la cocina y se la come (Haidt y Bjorklund, 2008: 14).

En palabras de Haidt, la mayoría de los entrevistados “[t]rataron estos actos como violaciones morales y justificaron su condena sin señalar a las víctimas, sino remarcando el disgusto o la falta de respeto, o tan sólo aludiendo a normas y reglas (“¡simplemente no tienes sexo con un pollo!”)” (Haidt y Bjorklund, 2008: 15). Haidt y equipo denominaron a este efecto ‘desconcierto moral’ o ‘estupor moral’ (moral dumbfounding), el cual sucede cuando se pronuncia con confianza un juicio moral pero luego se descubre que no se tienen razones sólidas para defenderlo (Haidt, Bjorklund y Murphy, 2000).

 

 

3.      Aprendizaje moral bottom-up desde el intuicionismo social

 

Siguiendo lo adelantado en la introducción, la modelización realizada por Haidt, diferente de lo que sucedería de manera subyacente en el modelo propuesto por Kohlberg, busca describir el funcionamiento psicológico de la moral, no prescribir cómo debe ser un comportamiento ético. Sobre ambas cuestiones, Haidt afirma:

Debe enfatizarse que el modelo intuicionista social es un modelo antiracionalista en un sentido limitado: afirma que el razonamiento moral rara vez es la causa directa del juicio moral. Es decir, consiste en una descripción respecto de cómo los juicios morales son realizados, no en una afirmación normativa o prescriptiva sobre cómo los juicios deberían hacerse. (…) Una correcta comprensión de la base intuitiva del juicio moral podría ser útil para ayudar a los educadores en la toma de decisiones a la hora de diseñar programas (y entornos), con el fin de mejorar la calidad del juicio y el comportamiento moral. (2001: 815)

Llegados a este punto, sobre la supuesta exclusividad descriptiva y, paralelamente, marginalidad normativa del modelo intuicionista social, tres puntos valen señalarse. En primer lugar, en la cita recién aludida, Haidt sostiene que, dada su actualización a nivel de la investigación empírica y su adecuación a la experiencia cotidiana en lo que a las cuestiones morales se refiere, un énfasis en el intuicionismo social sería útil para educadores. Ahora bien, ¿acaso la enseñanza de ética no es relevante para la investigación al interior de la disciplina académica Ética?, ¿cuál sería el fin de elucubrar teorías normativas si tendrán poco o nulo asidero entre los ciudadanos “de a pie”? Podría interpretarse que existe en la cita de Haidt, por tanto, la sugerencia de que la Ética filosófica, de investigación propiamente académica, debería estar más estrechamente conectada a las características de la educación moral. Aunque no de manera directa, el psicólogo propone un vínculo más efectivo entre la investigación en Psicología moral (ámbito de relevancia predominantemente descriptiva y explicativa) y la forjación de cierto carácter moral a través de la educación (ámbito de relevancia normativa).

En segundo lugar, Haidt por momentos sí se refiere de manera literal a lo que debemos hacer. Por ejemplo, recuperando un fragmento del artículo fundacional: “En lugar de seguir adorando la razón como los antiguos griegos, deberíamos buscar las raíces de la inteligencia humana, la racionalidad y la virtud en lo que la mente hace mejor: la percepción, la intuición y otras operaciones mentales que son rápidas, realizadas sin esfuerzo y, en general, bastante precisas” (2001: 822). El psicólogo lo menciona como algo general, sin referirse específicamente a la Ética filosófica, pero hay una clara propuesta normativa y se relaciona con lo que Haidt y Joseph denominan ‘aprendizaje moral bottom-up’. Vayamos, mediante un fragmento, a su caracterización del mismo:

Uno de los principios cruciales de la teoría de la virtud es que las virtudes se adquieren de forma inductiva, es decir, mediante la adquisición, principalmente en la infancia pero también a lo largo de la vida, de muchos ejemplos de una virtud en la práctica. A menudo estos ejemplos provienen de la experiencia cotidiana del niño al construir, responder y recibir retroalimentación [feedback], pero también provienen de historias que impregnan la cultura. Cada uno de estos ejemplos contiene información sobre una serie de aspectos de la situación, incluidas las motivaciones de los protagonistas, el estado de ser de los protagonistas (sufriente, con discapacidad, hostil, rico, etc.), la categorización de la situación y la evaluación de la situación ofrecida por otros más experimentados. Sólo con el tiempo el aprendiz moral reconocerá qué información es importante retener y cuál puede ignorarse con seguridad. (2004: 62)

El énfasis de los autores, de fuerte inspiración aristotélica (en clave de una ‘ética de la virtud’), está en un tipo de formación moral que precisa iniciarse desde los primeros años de vida. A través no, por ejemplo, de la descripción detallada del ‘imperativo categórico’ kantiano (caracterizado por ellos como un ‘aprendizaje moral top-down’), sino de la referencia a ciertas narraciones y ejemplos morales relevantes que pueden ir complejizándose progresivamente. Se trata de un aprendizaje que precisa, claro está, de muchos años de preparación. No obstante, gracias a él, el individuo, ya adulto, no precisará destinar todos los recursos de su procesamiento cognitivo consciente cuando, por ejemplo, surge un conflicto moral, sino que estará acompañado de un carácter moral forjado a lo largo de los años. 

En tercer lugar, en varios textos Haidt hace mención explícita de la teoría de la virtud aristotélica como un enfoque ético normativo que se adecúa bastante bien a su estudio descriptivo de la moral (2003: 852, 2006: 218). Por ejemplo, junto con Craig Joseph afirman:

Las virtudes son habilidades sociales. Poseer una virtud es haber disciplinado las facultades para que respondan plena y adecuadamente al contexto sociomoral local. (...) Las virtudes, desde este punto de vista, están estrechamente relacionadas con el sistema intuitivo. Una persona virtuosa es aquella que tiene las reacciones automáticas adecuadas ante acontecimientos y situaciones éticamente relevantes, por ejemplo, el sufrimiento de otra persona, una distribución injusta de un bien, una misión peligrosa pero necesaria. Parte del atractivo de la teoría de la virtud siempre ha sido que ve la moralidad como encarnada en la estructura misma del yo, no simplemente como una de las actividades del yo. Incluso Aristóteles supuso que al desarrollar las virtudes adquirimos una segunda naturaleza, un refinamiento de nuestra naturaleza básica, una alteración de nuestras respuestas automáticas. (Haidt y Joseph, 2004: 61)

A la herencia humeana en Haidt se suman, entonces, ciertos ecos filosóficos provenientes del estagirita. En particular, el punto de vista de las ‘virtudes’ que poseía Aristóteles sería relevante en el sentido de que permite pensar “emociones moldeables”. Esto es, la ‘segunda naturaleza’ habilita ver en la ‘naturaleza básica’, innata, un aspecto relativamente flexible, modificable mediante la experiencia y la adquisición de nuevos hábitos[13].

Habiendo detallado estos tres puntos, vale recordar que el límite difuso entre descripción y prescripción que poseía Kohlberg era, no obstante, examinado críticamente por parte del fundador del intuicionismo social. Entonces, ¿no es una hipocresía que Haidt insinúe lineamientos normativos partiendo desde una supuesta posición científica descriptiva? Pues bien, hay aquí una salvedad importante a tener en cuenta. En el caso de Kohlberg era el ámbito de la ética normativa filosófica el que se introducía en sus análisis descriptivos del desarrollo moral, particularmente influencias de la deontología kantiana. En el caso de Haidt sucede al revés: a partir de su planteamiento descriptivo de tipo intuicionista social, fundado en investigación empírica actual, traza posibles vías prescriptivas que sean coherentes con el panorama descriptivo. Es decir, en definitiva, podríamos interpretar que no hace propuestas normativas en sentido estricto, sino que sugiere líneas de investigación posibles para que sean exploradas por otros colegas más especializados en ese componente “prescriptivo”, por ejemplo, los filósofos y filósofas[14].

En clave de esta dirección ‘de lo descriptivo a lo prescriptivo’[15] (y no ‘de lo prescriptivo a lo descriptivo’), una de las sugerencias normativas de Haidt es, como ya sugerimos en el tercer punto de las oscilaciones haidtianas entre lo descriptivo y lo normativo, la distinción entre dos tipo de aprendizaje moral: uno ‘de arriba hacia abajo’ o top-down, que supone una racionalidad fuerte capaz de doblegar las emociones (en clave del ‘modelo racionalista’) y uno que sería ‘de abajo hacia arriba’ o bottom–up, el cual se adquiere inductivamente, atendiendo a ejemplos (no solo de la vida real, sino también a través de cuentos infantiles o historias en general) y con una práctica continuada (Haidt y Joseph, 2004: 62). En sus palabras:

Como han estado argumentando recientemente filósofos y científicos cognitivos, con respecto tanto a la moral como a la cognición en general, este tipo de aprendizaje no puede ser reemplazado por un aprendizaje de arriba hacia abajo [top-down], como la aceptación de una regla o principio y la deducción de respuestas específicas de él. Curiosamente, este aspecto de la teoría de la virtud muestra que Aristóteles fue un precursor de la aplicación actual de la teoría moral de las redes neuronales que están desarrollando Paul Churchland, Andy Clark y otros. En este modelo, la mente, al igual que el cerebro, es en sí misma una red que se va sintonizando gradualmente con la experiencia. Con entrenamiento, la mente hace un trabajo cada vez mejor al reconocer patrones importantes de entrada [input] y responder con los patrones apropiados de salida [output]. (Haidt y Joseph, 2004: 64)[16]

En síntesis, nótese que si bien el ‘modelo intuicionista social’ está focalizado en la Psicología moral (la formación de juicios morales a nivel psicológico) y que él mismo explicita que se trata de un estudio descriptivo y no prescriptivo, posee, incluso no atendiendo a sus insinuaciones normativas, consecuencias incómodas para algunas concepciones racionalistas tradicionales en Ética. Es decir, aquellas que suponen agentes morales que llegan a sus juicios morales a partir de su razonamiento moral. Desde el intuicionismo moral esa posibilidad es una excepción. La puesta en marcha del razonamiento moral suele ser posterior a la adopción de un juicio moral. Este punto representa una encrucijada para los eticistas racionalistas hacia los cuales Haidt dirige sus dardos, dado que al no tener en consideración la poca vigencia científica del ‘modelo racionalista’, no pueden dar cuenta de cómo se forman regularmente los juicios morales y, en consecuencia, elaboran sus hipótesis basándose en situaciones atípicas, como por ejemplo el caso de resoluciones de dilemas hipotéticos que no poseen un componente emocional o en construcciones post-hoc (racionalizaciones de intuiciones).

CONSIDERACIONES FINALES

 

El aparente jaque por parte de Haidt a la normatividad ética tradicional, heredera del ‘culto a la razón’, posee dos salvedades complementarias. En primer lugar, el modelo intuicionista social, desde su formulación a principios de los 2000, ha recibido numerosas críticas. Tanto desde estudios que revisan sus fundamentos científicos (Saltzstein y Kasachkoff, 2004; Vranka y Bahník, 2016; Barreiro y Castorina, 2022), como en relación con sus lineamientos normativos velados (p. ej., Fine, 2006; Loewe, 2022; Zavadivker, 2022). No obstante, en segundo lugar, más allá de la revisión crítica a la que se encuentra aún sometido el intuicionismo social, representa un modelo más adecuado y explicativo de condiciones en las cuales la capacidad razonada de los agentes morales está en desventaja en relación con el efecto de sesgos cognitivos y la apelación a las emociones. A su vez, se trata de un modelo más actualizado y más sólido en cuanto a su fundamentación empírica, así como también más explicativo de lo que suele ocurrir a nivel psicológico (la causación de juicios morales por razonamiento moral es mucho menos frecuente), que el modelo racionalista.

De este modo, aunque aparecen en forma de sugerencias no del todo explícitas, las articulaciones entre lo descriptivo y lo normativo en los desarrollos del  psicólogo social Jonathan Haidt, habilitan un diálogo efectivo entre la Ética filosófica y la Psicología moral contemporánea que es menester profundizar. A medida que se vaya calibrando dicho diálogo, vale decir, suscitará una transformación complementaria entre ambas disciplinas: así como la Ética filosófica deberá abandonar sus pretensiones de seguir investigando como si la Psicología moral no existiera, la Psicología moral deberá estar particularmente atenta a posibles influjos normativos no reconocidos en sus modelos, hipótesis y teorías (piénsese, por ejemplo, en la teoría kohlbergiana de los fundamentos morales analizada en el primer apartado).

AGRADECIMIENTOS

El autor agradece al Dr. Martín Daguerre, al Dr. Leonardo González Galli y al Dr. Antonio Diéguez por los constructivos aportes a las primeras versiones del artículo. A su vez, agradece al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) por el apoyo financiero.

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CONTRIBUCIÓN DE AUTORÍA

1 – Joaquín Suarez Ruiz

Joaquín es Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) y Magíster en Ciencias Humanas y Sociales por la Université Bordeaux-Montaigne (Francia).

https://orcid.org/0000-0002-4431-2036 ejsuarezruiz@gmail.com

Contribuição: Escrita - Primeira Redação

CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO

Ruiz, J. S. Lo descriptivo y lo normativo: oscilaciones al interior de la Psicología moral a la luz del modelo intuicionista social. Santa Maria - Florianópolis, v. 16, n. 2, e92063, 2025. Disponível em: https://doi.org/10.5902/2179378692063. Acesso em: dia, mês abreviado, ano.

 

 

 



[1] Estos tres aspectos de la psicología moral del siglo XXI, según Haidt, tienen su contracara en los desarrollos de Lawrence Kohlberg (1969, 1971), quien influyera fuertemente en la psicología moral de la segunda mitad del siglo XX. Los pares opuestos que suponía la teoría de Kohlberg eran: (1) el razonamiento moral causa los juicios morales; (2) La moral se ocupa específicamente de cuestiones vinculadas con el ‘daño’ y la ‘justicia’; (3) un desarrollo moral pleno es generalmente positivo. En un próximo apartado retomaremos las críticas de Haidt a Kohlberg.

[2] En otras palabras, Haidt realiza una crítica doble: por un lado, a la tradición en Psicología moral y, por otro lado, a la tradición en Ética filosófica. Este tipo de problematización doble de las herencias racionalistas tanto en ética filosófica como en psicología moral representa un “pivoteo” particularmente relevante para este artículo.

[3] Varios son los filósofos y filósofas que han realizado una revisión crítica de la interpretación racionalista de los textos platónicos. Por ejemplo, Zaborowski, 2012; Candiotto & Renaut, 2020. No obstante, vale decir que la interpretación racionalista, más o menos matizada, sigue vigente.

[4] Es importante señalar que Kohlberg confeccionó su teoría discutiendo con perspectivas que suponían un rol secundario de la racionalidad en el desarrollo moral. En sus palabras: “Siguiendo el ejemplo de Freud y Durkheim, la mayoría de los científicos sociales han visto la moralización como un proceso de internalización de reglas externas dadas culturalmente a través de recompensas, castigos o identificación. (…) [U]no bien puede rechazar la suposición de que tales estándares internos se forman simplemente a través de un proceso de “estampar” las prohibiciones externas de la cultura sobre el niño” (1963: 11). De hecho, el mismo Haidt afirma que “Lawrence Kohlberg mató a los dos dragones de la psicología del siglo XX: el conductismo y el psicoanálisis” (2013: 281).

[5] Respecto de esta ‘tinción’ de normatividad en lo descriptivo, Kohlberg a veces ha sido más discreto, a veces más explícito. Un ejemplo de introducción discreta sería, por ejemplo, siguiendo a Maxwell (2010: 175), que el estadio 6 tiene un parecido de familia mayor con la ética deontológica (de tipo kantiano) y el 4 con una ética de tipo contractualista. Podría decirse que el tipo de racionalismo que posee una ética deontológica en clave kantiana, según Kohlberg, sería superior al que supone una ética de tipo hobbesiana, por ejemplo, todavía cercana a un instrumentalismo. Un caso más explícito se encuentra, de hecho, en uno de sus artículos más citados, donde literalmente habla en términos de “cometer la falacia naturalista y salirse con la suya” (1971: 51). Allí afirma, por ejemplo, que el estadio 5 de su teoría “constituye el criterio formalista neokantiano del “principio moral” elaborado más recientemente y claramente por Hare” (1971: 206).

[6] Por ejemplo, un individuo que aún posea una concepción predominantemente relativista a nivel moral en la adultez, habría quedado varado en estadios previos al ‘no relativismo metodológico’ que se alcanza en plenitud recién en el estadio 5 (1971: 180).

[7] No está de más resaltar que el enfoque crítico de la tradición racionalista dista de ser una novedad. La bisagra transicional entre la filosofía moderna y la contemporánea posee representantes importantes de ello (por ejemplo, las filosofías de Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, más lejos, o los filósofos de la ‘Escuela de Frankfurt’, más cerca). De hecho, podríamos retrotraernos a la filosofía medieval (Nicolás de Cusa, por ejemplo) o incluso a la filosofía antigua (los escépticos académicos y pirrónicos). El aporte de Haidt reside en introducir una continuidad entre dicha tradición racionalista, asentada en la historia de la filosofía, y los modelos racionalistas en Psicología moral contemporánea (véase Scotto, 2022). 

[8] Las influencias de Kohlberg, no obstante, son también más precisas. Particularmente, retomando lo desarrollado en una nota anterior, es explícita la influencia kantiana y neokantiana en sus escritos (p. ej., 1971; 1973). Un filósofo moral vinculado con esta tradición que influyó particularmente en sus escritos fue John Rawls. De hecho, la influencia fue recíproca (véase Rawls, 1999, cap. VIII, § 69, nota 6 y 8). Este feedback podría interpretarse como un indicio más de los límites porosos, no siempre reconocidos, entre la Psicología moral y la Ética filosófica o, en otros términos, entre los análisis descriptivos y los normativos de la moral.

[9] Haidt prefiere enmarcarse en esta tradición filosófica moderna y no en la tradición filosófica contemporánea del ‘intuicionismo’ de autores como Sidgwick (1967 [1874]), Moore (1993 [1903]) o Ross (2002 [1930]), según la cual, a grandes rasgos, las ‘intuiciones’ son auto-evidentes, requieren de la capacidad racional para ser apreciadas como tales y en su formación las emociones no poseen una influencia relevante. Aunque Haidt no es claro al respecto, esta omisión se relacionaría con el hecho de que dicha versión de ‘intuicionismo’ filosófico seguiría bebiendo del ‘culto a la razón’. En este artículo, cuando hablemos de ‘intuicionismo’, ‘intuitivo’ o ‘intuiciones’, estaremos suponiendo las acepciones del modelo de Haidt.

[10] Existe otra perspectiva proveniente de la historia de la filosofía importante para la investigación de Haidt que retomaremos en el último apartado del desarrollo, a saber, la teoría de la virtud aristotélica.

[11] En dicho texto, de hecho, Mercier problematiza el seguir focalizando la investigación en el ‘sesgo de confirmación’, que, según él, no es una tendencia general. En sus palabras: “Cuando las personas consideran un pensamiento con el que no están de acuerdo, se inclinan hacia la falsificación: encuentran excepciones, contraargumentos, contraejemplos. Por tanto, es erróneo hablar de un ‘sesgo de confirmación’ general. En cambio, las personas tienen un ‘sesgo de mi lado’: una tendencia a encontrar argumentos que defiendan su posición, ya sea que esto implique apoyar una posición con la que están de acuerdo o refutar una posición con la que no están de acuerdo” (2017: 107).

[12] En relación con el segundo punto de “la Psicología moral del siglo XXI” (Haidt, 2013) mencionado en la introducción, este estudio apoya la idea de que la moral va más allá del daño, la justicia o los derechos, puesto que aunque no puedan señalar la existencia de un daño, una injusticia, un derecho lesionado, los entrevistados afirman que lo hecho fue moralmente incorrecto.

[13] Sobre la articulación entre ética de la virtud y psicología moral véase, también, Lariguet y Suárez-Ruíz, 2023; Lariguet, 2022. Para una crítica de las asunciones normativas de la ética aristotélica de la virtud como aptas para explicar la conducta moral, véase Appiah, 2010.

[14] Probablemente, estas sugerencias se deban a que el psicólogo es consciente de la brecha existente entre la forma en cómo se suelen elucubrar las teorías normativas en el ámbito de la filosofía moral y su modelo intuicionista social, el cual deja al razonamiento moral “girando en falso” sobre intuiciones morales afectivamente fundadas. Para ahondar en este punto véase Suárez-Ruíz y López-Silva, 2022..

[15] Valorar positivamente este paso de lo descriptivo a lo prescriptivo despierta otras alarmas, a saber, las relacionadas con la ‘falacia naturalista’. En un artículo reciente hemos profundizado en hasta qué punto resulta pertinente seguir caracterizando de esa manera a la “falacia” en cuestión (Suárez-Ruíz y González-Galli, en prensa).

[16] Curiosamente, en esta cita Haidt y Joseph olvidaron mencionar a Patricia Churchland, pareja de Paul, quien, de hecho, ha investigado aún más que su esposo no sólo los correlatos neuroanatómicos de las decisiones y comportamientos morales y sus implicaciones a nivel ético, sino también la recuperación de Aristóteles como un filósofo moral que se adecúa bastante bien a estos nuevos conocimientos (Churchland y Suhler, 2022 [2014]).